"Yo mismo estoy convencido de que mi obra, por ser humana no es perfecta. Tiene sus vicios y sus deficiencias, pero los resultados obtenidos hasta ahora sobrepasan con mucho las esperanzas y el optimismo del  más soñador de los dominicanos de 1930".
PRENSA


La última que vio a las Mirabal

Por:Wendy Santana
19 de mayo, 2010 | http://www.listindiario.com

"Miriam Morales asegura que el día que mataron a estas mujeres, detrás de ellas venía un carrito azul con una persona que aún está viva y que es un alto oficial retirado."

Miriam Morales no ha visto el libro de Angelita Trujillo y asegura no haber tenido ninguna relación cercana con esa familia, pero coincide con ella en la teoría de que Rafael Leónidas Trujillo no mandó a matar a las hermanas Mirabal.

Esta amiga de las heroínas Patria, Minerva y María Teresa Mirabal, revela que las vio en Puerto Plata el día que las mataron y que detrás de ellas venía un carrito azul con una persona que aún está viva y es un alto ofi cial retirado.

Esta mujer que, al igual que las mártires sepultadas hace 50 años, sufrió en la cárcel La 40 las inclemencias del mal olor a defecación y el ver a sus amigos conjurados destrozados del dolor que les producían los golpes, corrientazos eléctricos y uñas de los pies sacadas a sangre fría, atribuye ese crimen a otras personas.

Ella asegura que algunos de los héroes del ajusticiamiento del dictador tuvieron que ver con el crimen. Por sostener esa apreciación Miriam ha sido criticada por sus propios compañeros del movimiento 1J4, quienes la califi can de una mujer valiente que igual que las otras sufrió y luchó por la liberación del pueblo dominicano, pero que después se desvirtuó.

Luego de contar las tantas veces que el Servicio de Inteligencia Militar intentó conquistarla para que delatara a sus compañeros y lo fi rme que se mantuvo en todo momento y que nunca se doblegó ante Trujillo, esta mujer pasa al capítulo de lo que ella llama “la verdad”. “Mira, yo te voy a decir la verdad. El poder estaba detrás del trono. A Trujillo lo entretenían de fi esta en fi esta para mantenerlo contento, pero eran los otros los que mandaban. Su hermano, (al que no identifi có) era uno de ellos. Él quería el poder y quería matar a Trujillo y Trujillo lo quería matar a él, eran enemigos”.

“También estaba el otro, el que tenía más poder, Jhonny Abbes, que era el que decidía todo y Trujillo de fi esta en fi esta y buscando mujeres y entretenido por ahí”, dice.

“El mismo día que las mataron yo hablé con ellas. Ellas venían bajando y fue Dios que me mandó a ver porque a la niña mía un muchachito le había dado con un tirapó y ella gritó tanto y yo le dije vamos a ver si el muchachito está ahí, y cuando estoy en la carretera, frente a la Quemazón, viene ese vehículo y se para ahí, era de un general”.

“Bueno, la cuestión es que nos paramos a hablar y ellas me dijeron Miriam, ya no vamos a tener más viajes (desde Salcedo) porque conseguimos una casita aquí. Yo recuerdo que al chofer que andaba con ellas lo mataron también. Pero mira como fue que lo hicieron, primero las durmieron, le pusieron una inyección con el veneno y después la tiraron para simular un accidente.

Al médico que lo certifi có lo mataron porque él sabía inmediatamente como fue. Los golpes de los palos se lo hicieron cuando las tiraron”.

Miriam Morales no defi ende propiamente las acciones de Trujillo, pero cree que más crueles eran los que estaban detrás de él.

“Mataron a mujeres inocentes para echarle una vaina a Trujillo, pero verdaderamen te el hermano de él era el que tenía el poder”, reafirma Miriam Morales.

Cuando se le pregunta a qué cree que se debe el espíritu revolucionario de los puertoplateños, dice que muchos tenían comunicación con gente de Cuba, como sus padres y muchos de sus vecinos, quienes pensaban que se podía vivir mejor sin el dictador que tenían.

CON UN MILITAR PARA SABER UN POCO MÁS
Miriam Morales tuvo cinco hijos: Claudio, que vive con ella; Carlos, que reside en la capital, y Bolívar, quien murió en un alegado accidente de tránsito, pero que ella asegura que fue parte de la persecución a su familia, tras el asesinato a Rafael Trujillo.

Antes que a estos varones procreó a dos hembras. La primera ya estaba nacida cuando estuvo en la cárcel La 40, y la segunda la engendró con un militar posterior a su liberación y por lo cual también fue mal vista por los miembros del movimiento 14 de Junio, al entender que se estaba uniendo al enemigo.

Pero ella lo ve de una manera diferente y lo explica así: “Yo tenía una niña cuando estuve la cárcel, la primera, que el papá era de Santiago. Y la otra, la más chiquita, que era de otro, con el que me metí yo para averiguar muchas cosas de Trujillo también y me salió una niña”.

“Mi mamá hizo un nido y guardaron ahí las armas porque estaban esperando el desembarco de Luperón".” Miriam Morales, sobreviviente de la cárcel de La 40.

 

Vida familiar. Miriam Morales vive en una humilde morada en Puerto Plata junto a su hijo Claudio, su perro Dexter, que no se le despega ni la deja sola con sus visitas, y decenas de lienzos multicolores con evidentes aires de libertad que pinta y deja ver a todos.
 
El libro de Angelita Trujillo

Por:Giovanni Di Pietro | San Juan, Puerto Rico
14 de mayo, 2010 | http://www.dominicanoshoy.com

Este libro de Angelita Trujillo hay que leerlo dentro de la dinámica de todas esas obras que han ido apareciendo en los últimos tiempos que tratan del régimen de Trujillo desde la óptica de los que lo vivieron directamente, pero esta vez del lado del mismo régimen y no del lado de la oposición.

O sea, que sigue la pista de libros como el de Virgilio Álvarez Pina, La Era de Trujillo, Narraciones de Don Cucho (2002), Johnny Abbes García, Las memorias de Johnny Abbes García (2002), Ramón Emilio Saviñón, Memorias de la Era de Trujillo, 1916-1961 (2002), Luis José León Estévez, Yo, Ramfis (2002),  Hans Weise, Trujillo: amado por pocos, odiado por muchos, temido por todos (2002). Esto no quiere decir que este tipo de libro es algo reciente.

Sus raíces se encuentran en obras de otras personas que conocieron el régimen desde adentro, empezando con En la ruta de mi vida (1970), de Víctor Garrido, y Memorias de un cortesano de la “Era de Trujillo” (1989), de Joaquín Balaguer. Tampoco hay que descartar los libros de Alicino Peña Rivera,  Carlos Evertsz Fourier y Arturo Espaillat entre otros,  ya que siguen los mismos lineamientos.

La idea de estos libros es esencialmente la de mostrar, como dicen, “la otra cara de la moneda”. Es decir, en vez de concentrarse en los crímenes del régimen, como lo hacen las obras antitrujillistas, subrayar más bien sus aspectos positivos, pues los hubo, insisten, y hay que reconocérselo.

En sí ésta no es una mala idea. No lo es porque, al fin y al cabo, nada es puramente blanco y negro; todo está hecho de matices bastante grises. Si hubo sombras en el régimen de Trujillo, es indudable que también hubo cierto esplendor. La misma lógica nos lo demuestra.

Por eso, todos estos libros recuentan el devenir de la Era empezando con una pormenorizada descripción de lo que existía en el país antes de la llegada del régimen.

Una República en la zozobra, presa de las locas apetencias de los caudillos, y con el gobierno en manos del estéril partidismo político. Según esta línea de pensamiento, línea que se fundamenta en la propaganda del mismo régimen, Trujillo llegó para salvar al país del caos. Fue un astro providencial que se apareció y lo arregló todo: políticamente, económicamente, en el orden, la paz ciudadana, la independencia financiera, la estabilización de la frontera, la creación de un sistema jurídico, un Ejército Nacional, etc. Todo esto hizo que la nación progresara en todos los sentidos y finalmente se insertara, reconocida y respetada, dentro de las demás naciones del mundo.

Este bonito sueño, es innegable, tiene cierto elemento de verdad. Trujillo, por ejemplo, sí terminó con la montonera. Eliminó o redujo todos los demás caudillos para que él sólo, también un caudillo, tomara en sus manos todo el poder y lo ejerciera por treintiún años. Algún elemento de verdad tienen todas las demás cosas que mencionamos.

Lo que convenientemente se oculta en esto es el costo que tuvo, pues, para lograr lo que Trujillo logró, los métodos no fueron nada fáciles. Simplemente se acabó con hacer del país algo así como un enorme campo de concentración donde el dictador, con el Ejército, la Iglesia y gran parte de la alta sociedad de su lado, más el respaldo de los Estados Unidos, pudo hacer y deshacer cómo le viniera en gana. Indudablemente, pues, cualquiera que se oponía a su omnímodo poder terminaba muy mal, torturado en los calabozos, muerto o exiliado.

Por cierto, desde la óptica de los que lo respaldaban la represión era necesaria, ya que Trujillo, dicen, estaba construyendo una nación moderna y eso no se hace con métodos tímidos, especialmente con un pueblo rebelde y caótico como el dominicano. O sea que, para crear algo que valga la pena, es indispensable emplear métodos drásticos y a veces hasta crueles.

Pero, lo que aquí empieza con adoptar cierta lógica realista, pronto degenera, como podemos ver, en la anuencia con esos métodos represivos que caracterizan a todas las dictaduras. La falla del argumento se encuentra en esto.  O sea, que se toma por descontado que los métodos brutales son necesarios para que un país se organice en nación y logre el progreso. Esto no es necesariamente así. Un país se organiza en nación y progresa sólo mediante el esfuerzo de toda su gente; no lo hace, como se quiere comunicar con este argumento, bajo el látigo de ese capataz que sería el dictador.

Como todos esos libros que mencionamos, Trujillo, mi padre, en mis memorias (Publicaciones Unicaribe, 2010) también cae en este error. Desde un principio, Angelita asume que su padre tuvo que actuar de cierta forma y que eso se hizo necesario porque, de no hacerlo, el país se quedaría en la zozobra y el caos en que se encontraba. Ya que tuvo que hacerlo, para ella, lo que hizo se justifica. Como se justifica para todos los demás escritores que mencionamos.

Ahora bien, objetivamente hablando, mucho de lo que el régimen logró fue positivo. Lo que fue negativo, fue el precio que el país tuvo que pagar. Paz, sin duda, la hubo en la Era; pero, fue la paz de Trujillo, o sea, una paz impuesta a sangre y fuego. El orden lo hubo; pero, fue el de una ergástula.

Hubo progreso; sin embargo, ¿quién en verdad se aprovechó de ese progreso? Por cierto, no fue el pueblo llano, el cual  simplemente vivió en el peonaje todos esos años. Es obvio que, si las cosas no hubieran estado así, no sería posible explicar todo el fenómeno del antitrujillismo. Este fenómeno Angelita sólo lo explica diciendo que fue pura envidia para con los logros de su padre.

En efecto, para ella, la envía de las clases adineradas o de primera, desembocó en la codicia. Estas clases, codiciando los bienes de su familia, que eran enormes, orquestaron la destrucción del régimen para quedarse con el botín.

Aquí también hay un elemento de verdad. Trujillo creó varias industrias exitosas que pertenecían al Estado, pero, a él desaparecer, éstas fueron saqueadas y puestas en manos privadas, las de esas clases adineradas.

Angelita hace mucho de la idea que Trujillo pensaba dejar al pueblo dominicano todas sus pertenencias, industrias y fincas. Sin embargo, ¿cómo lo sabemos? De ser así, sería una verdadera anomalía en la historia de la humanidad, pues ningún otro dictador nunca lo ha hecho. Es verdad que algo similar, en reducida escala, lo hizo Ramfis en un documento con sus propiedades. Pero, cabe preguntar, ¿cómo accedieron los Trujillo a esos bienes, si nunca trabajaron en su vida? Fue regalo de su padre. Pero si Trujillo y la nación eran una sola cosa, entonces no había nada que regalarle al pueblo, ya que todo era suyo desde un principio.

Lo que se quiere subrayar aquí es la diferencia de clases y la rapacidad de las clases altas. En eso, la acusación de Angelita es correcta, pues no sólo esas clases se quedaron con todo, sino que, al desmantelar el Estado trujillista, eliminaron paulatinamente las pocas ventajas que el pueblo había sacado de la dictadura. De ahí en adelante, no supieron hacer nada constructivo con el Estado y, un poco a la vez, redujeron el país a esa situación lamentable en que todavía se encuentra.

Por consiguiente, es a raíz de esta actuación de las clases pudientes que ha quedado en el aire no sólo la nostalgia por el régimen, sino también el anhelo por los viejos tiempos por parte de mucha gente y especialmente gente, como los jóvenes, que nunca conocieron la Era. Ya que las cosas están tan malas, quizás un hombre fuerte, otro Trujillo, es lo que necesitamos, así va el discurso. “Si stava meglio, quando si stava peggio,” decían y todavía siguen diciendo los italianos con referencia al régimen de Mussolini, en una situación muy análoga a la dominicana.

Este libro de Angelita, aparte su nostalgia, refleja ese sentimiento. Sentimiento legítimo, lo admitimos, ya que un pueblo desamparado como lo es el dominicano hoy es como un niño que, en su desánimo, busca a una figura paterna para que lo proteja. Todos los pueblos en apuros funcionan así, de eso no cabe duda.

Mucha de la actitud de la nostalgia trujillista posee un matiz psicológico. O sea, refleja cierto esquema mental de la persona que la adopta. En general, el nostálgico trujillista es persona que ansía algo que dejó de existir. Lo ansía sencillamente porque, en ese tiempo, su vida fue diferente a lo que es ahora. A lo mejor tuvo posiciones encumbradas, riqueza o un prestigio que ahora no tiene. Pero, aparte de eso, es persona que posee un sentido rígido de los esquemas sociales. El orden, la ley (interpretada a su manera), la religión, los uniformes militares, una relación estrecha con Estados Unidos, las buenas conexiones sociales y económicas, estos son los elementos básicos de su psicología. En un mundo cambiante como el presente, es obvio que él no encuentra estas cosas. Las experimentó en la Era; ergo, el régimen de Trujillo es, para él, ese tiempo mítico, sagrado, el in illo tempore, donde todas sus ansias se apagan.

Ese es el esquema mental que aparece en este libro. Angelita, por ejemplo, habla mucho de religión, considera a su familia y a sí misma en particular como personas de fe. El gran logro de su padre, como lo repetía toda la propaganda del régimen, fue el Ejército Nacional. Por eso, siempre habla del Ejército y de su padre como jefe de ese Ejército. Hay toda una infinidad de encuentros de alto nivel con gente encumbrada del mundo, el  duque de Windsor, estrellas de cine, cantantes mexicanos, el Papa, Franco, ministros, embajadores. Y fiestas y más fiestas, de cumpleaños, clubes nocturnos, cenas, recepciones, la Feria, la Voz Dominicana. Viajes en cruceros, en  yate, a Europa, los Estados Unidos, Canadá. Sin duda, es el recuento de estas cosas lo que conforma el grueso de su libro.

Relacionado a este esquema está el hecho de que, para la gran mayoría de los nostálgicos, el régimen coincide con su juventud. Angelita, por ejemplo, tenía sólo veintiún años cuando tuvo que abandonar el país. Lo que quiere decir que toda su juventud se encuentra dentro del período de la Era. Y, ya que ella, gracias a la opulencia de su padre, disfrutó al máximo esos tiempos, en su mente el régimen sigue siendo el máximo evento de su vida. No en balde, pues, rememora tanto su asistencia a la coronación de Isabel II de Inglaterra y su propia coronación como reina de la Feria de la Paz. A los setenta y dos años, ¿qué otra cosa le queda, sino volver la mirada hacia atrás, a sus tiempos felices, a lo que el viento se llevó para siempre?

No vamos a entrar en el asunto de la veracidad de lo que Trujillo, mi padre contiene o no. Es asunto de los historiadores. Además, hay cosas en la historia que nunca se sabrá cómo exactamente ocurrieron. Y la verdad, como muy bien se sabe, depende mucho de la perspectiva desde la cual se enfoca cualquier argumento.

Para Angelita, su padre fue un verdadero santo varón. No cuestiona que hizo cosas que a lo mejor fueron malas; pero insiste que eran necesarias. Prefiere, pues, poner el énfasis en sus características buenas, como su generosidad con el dinero, por ejemplo. Esto no lo pondríamos en duda, ya que el que tiene dinero como lo tuvo Trujillo puede permitirse muchísima generosidad con todos, hasta con sus enemigos.

Que fuera un gran trabajador tampoco. Todo dictador tiene la tendencia a tomar el toro por los cuernos. Esa es una de sus características más desarrolladas, resolverlo. Su afición por la religión, por el orden, el protocolo, Trujillo la comparte con muchos hombres fuertes. Fue padre ejemplar, según ella, y eso nos lo creemos sin problema. Como militar, tenía la mentalidad del guerrero, el cual necesita un lugar de descanso y asueto, y ese es su familia. Hasta los capos mafiosos, si uno se fija, hacen excelentes padres.

Angelita se para en la epidermis del carácter de su padre. En todo el libro, hay sólo una instancia en que se le enfrenta: a los doce años, nos dice, cuando descubre de sus infidelidades. Pero, en sus adentros, termina aceptando esa realidad. ¿Cómo? Porque un hombre excepcional como su padre tiene demasiadas cualidades buenas que compensan pecadillos como esos en su vida. Por eso, nunca de verdad cuestiona el actuar oscuro de su padre como gobernante. Lo que hace en la política, para ella, es asunto suyo. Le importa sólo su cariño para con ella, su madre, sus hermanos, la familia toda.

Es esta manera de descuidar por completo el actuar político de su padre, lo que la lleva a algo muy curioso en su libro, algo que, de quererlo, podríamos entender como la más grande de las perversidades.

Se trata del hecho de que, en pos de defender a su padre y el régimen, muy a menudo Angelita cita obras de hombres muertos por órdenes del mismo dictador, como Andrés Requena, José Almoina y Jesús de Galíndez. Se olvida por completo, por ejemplo, que Requena escribió Cementerio sin cruces (1949), lo que firmó su sentencia de muerte, y una y otra vez cita el Romancero heroico del Generalísimo (1937), libro que el escritor fuera presionado para que escribiera. De Almoina cita Yo fui secretario de Trujillo (1950), y eso a sabiendas de que es una obra que éste escribió para tapar lo que se sospechaba, que fuera él ese Gregorio R. Bustamante que publicó Una satrapía en el Caribe (1949), lo que causó su asesinato. Es algo a lo sumo extraño que hable de esas obras y nunca mencione las otras. Igual procede cuando cita la carta de Juan Bosch con relación al cambio de nombre de la ciudad de Santo Domingo. También, cita por entero el panegírico de Balaguer para finalizar su libro, consciente de que su madre y Ramfis se molestaron al oírlo el día de las exequias.  

Otro aspecto es que, al catalogar los logros del régimen, nunca se mencionan sus fallas. Los muertos y los torturados, los presos y los exiliados no aparecen en estas páginas. Es como si no existieran, pues todo tiene que ser hermoso dentro de esa fantasía que, como ser privilegiado, ella hasta admite que vivió. La “40”, el “9”, Nigua con su trabajo forzado en los campos de sisal, las cómodas acusaciones de comunista a cualquiera, los cepillos que aterrorizaban la población, el miedo generalizado y profundo, los desafectos al régimen que muchas veces alcanzaban las mismas altas esferas gubernamentales, nada de esto es mencionado por Angelita. Es que estas cosas no le convienen, y cierra los ojos. Como otros escritores tapan los crímenes para defender a su querido Jefe, ella hace lo mismo para de defender a su querido papi.

En su totalidad, el libro sigue la receta que Ramón Emilio Saviñón desarrolló al máximo en sus supuestas Memorias de la Era de Trujillo, o sea, ya que todo el mundo conoce los crímenes y las fallas de Trujillo, como estrategia para recuperar su figura se enfatizan únicamente sus obras y logros página tras página sin descanso. Este procedimiento, al contener muchas verdades, hace que el lector se olvide de las mentiras. ¿Quién antes o después del Jefe alcanzó tales cumbres?, es la idea que se insinúa en su mente. Y, de no cuidarse, el resultado es llegar a la conclusión que el autor del libro quiere que lleguemos: Trujillo fue un santo varón, en todo. Y entonces nos preguntamos, si fue ese santo varón que nos dicen, ¿cómo es que tiene tan mala reputación y hay tanta gente que anda por ahí lamentando todavía lo que sufrió bajo su régimen? Pero, como es obvio, esta pregunta no se asoma en la mente de Angelita, como nunca se asoma en la de otros escritores como Saviñón.

Éste es un procedimiento del cual a lo mejor Angelita ni sospecha o, si lo sospecha, no lo dice. La idea es defender a su padre y al régimen, eso es todo, cueste lo que cueste. No necesariamente está mintiendo. Desde su punto de vista, esa es la pura verdad. Y, como ocurre, está dispuesta a sostenerla hasta ante el mismo Dios.

Otro elemento curioso del libro es su impostación ideológica. El libro es rabiosamente anticomunista, por eso de que el comunismo se afianzó en Cuba con Castro y quería hacer del país otra colonia soviética. Pese a esto, Angelita responsabiliza directamente a los Estados Unidos, y la CIA en particular, por la muerte de su padre. Se hizo, dice, para dar un ejemplo, como ofrenda a las demandas de Betancourt y otros miembros de la OEA. Se hizo para castigar a su padre por su inveterado nacionalismo. Y entiende que esto fue injusto, pues su padre tenía estofa de gran patriota y toda su actuación respondía a un plan preestablecido por él: primero, consolidar el poder eliminando la montonera; segundo, establecer la nación; tercero, lo que supuestamente no llegó a alcanzar por habérsele tronchado la vida, enderezar el país hacia la democracia plena, sistema en el cual, sostiene, él creía a carta cabal.

Esta clase de cuento es muy viejo. Todas las dictaduras latinoamericanas pretendían ser democracias, ya que estaban respaldadas y eran aliadas ideológicas de los Estados Unidos. Pero pretender algo y serlo son cosas muy distintas, como sabemos. No hay documento producido bajo el régimen que no diga que Trujillo era un auténtico  demócrata. Al desaparecer el régimen, el primero que empezó a sostener que la democracia dominicana se debía a la familia Trujillo fue Balaguer. En Memorias de un cortesano de la “Era de Trujillo”, éste sostiene que el origen de la democracia en el país se encuentra en el hecho de que Ramfis decidió no continuar con la dinastía de su padre. León Estévez, más tarde, en su libro sobre Ramfis, pretende lo mismo. Angelita no dice nada de esto; va aún más lejos, y hace que la democracia se remonte a su padre, por ser un demócrata convencido desde siempre, anticomunista y, en adición, por esta tercera fase de su supuesto plan ideológico para con el país.

Como ya explicamos, muchos de los argumentos que encontramos en este tipo de libros son aceptables por el simple hecho de que algo está podrido en la República y empezó a pudrirse desde que el régimen terminó. Si así no fuera, las cosas serían muy diferentes. No existiría nostalgia ni se invocaría la presencia de un hombre fuerte como Trujillo para que lo arregle todo. El estado de descomposición es tal que surge en cualquiera el prurito de averiguar cada pequeño detalle acerca de la Era y sus protagonistas. De ahí no sólo la proliferación de estos libros, sino también la industria que brotó a su alrededor. No pasa día que no se publique una obra relacionada con el Jefe y su Era. Y todas se venden bien. Virgilio Álvarez Pina y Johnny Abbes son un ejemplo. El libro de Angelita, por su cercanía a las personas y los eventos, quizás termine siendo el más contundente de todos.

Históricamente hablando, pensamos que es muy poco lo que podemos aprender de estos libros. Forman parte de una fase en el desarrollo histórico de una sociedad. Después de estos libros, seguro vienen los sitos en la Internet; y, en efecto, ahí está el sito de la Fundación Rafael Leónidas Trujillo Molina, donde se promueve Trujillo, mi padre y se alaba la Era por sus logros y al dictador por su estatura de ilustre estadista.

Decimos que esto no lleva a nada porque, como ejemplo, este mismo proceso lo hemos ido observando en el tiempo con relación a otro país, Italia, y su propio hombre fuerte, Mussolini. Después de los libros, y ahora conjuntamente a ellos, han venido afirmándose sitos en la Internet dedicados a ese período y a ese hombre “providencial”. Los argumentos son los mismos que hemos esbozado aquí. Aunque algo siempre se aprende de estas publicaciones, no hay que perder de vista el hecho de que la exaltación de esa realidad histórica alcanza muchas veces el paroxismo. Una cosa es reivindicar los legítimos logros de Mussolini y su régimen; otra, sin duda, perder el tiempo en determinar, en artículos aparentemente de carácter histórico, por qué Claretta no llevaba puesto sus panties cuando la colgaron en Piazzale Loreto junto a su amante y qué pasó con ellos.

O sea que, en gran medida, detrás de estas publicaciones no existe un verdadero pensamiento. Que el fascismo y, en este caso, el trujillismo, no fueran la estúpida farsa o el mal absoluto a los cuales sus opositores los redujeron en su afán para desacreditarlos es históricamente inapelable. Entonces la idea es ir al fondo del asunto y sacar de ellos los pocos elementos buenos que indudablemente tuvieron para el país y proponerlos de nuevo como una muestra válida de posibles cambios sociales; no es, como ocurre con este tipo de libros, exhibir por revancha al fascismo o al trujillismo como potenciales  modelos políticos alternativos del futuro. No hay esperanza legítima en una ideología ya desaparecida. Sería como resucitar a un muerto, algo que sólo logró Cristo.

Es en esto, pues, donde sostenemos que se sitúa el error de Trujillo, mi padre y otros libros afines. De ninguna manera en tratar de reivindicar las cosas positivas del régimen. Lo que se fue, se fue, y hay que aprender de él. ¿Cómo se hace? Separando el grano de la paja. Es la única manera de seguir adelante y construir un mejor país para todos. Si hoy en día se pueden apreciar los elementos artísticos del recién descubierto Palacio de Nerón en Roma, algo que fue bueno, ¿por qué no evaluar objetivamente también lo bueno de cualquier período histórico, como el de Trujillo, que no nos gusta? Es decir, hay que acabar con el insulso maniqueísmo destructor que siempre se establece cuando un bando ideológico le gana a otro en el devenir de un país.

Si esta conclusión parece una apología del trujillismo, no lo es. Nadie tiene que tragarse las exageraciones patentes o sus mentiras en Trujillo, mi padre; sin embargo, tampoco tiene que aceptar ciegamente y a rajatabla el discurso opositor, por muy válido que sea. Que hubo crímenes horribles en el régimen de Trujillo no se discute; sólo se discute ese discurso que dice que únicamente hubo crímenes y ya. Por eso, todo sumado, se nos ocurre preguntar, como Angelita se lo pregunta en su libro, ¿qué pasó con los Archivos de Trujillo secuestrados por el Consejo de Estado? ¿Cómo realmente ocurrieron ciertos eventos claves de la dictadura? Estas son preguntas pertinentes, pues hay misterios que todavía no han sido lo suficientemente esclarecidos y que a lo mejor  jamás lo serán. Lo que quiere decir que hay una moraleja en todo lo que hemos dicho, y es que siempre existe otra campana. Existe y hay que escucharla, aunque no nos guste, pues es la única forma que tenemos para acercarnos mínimamente a lo que sería la verdad. De no hacerlo, sólo se seguiría en lo mismo, dándole así validez a ideas y sentimientos que de ningún modo se lo merecen.

La autora le escribe a su “papá” desde sus sentimientos.
 
Más de lo mismo

Por: Luís José Domínguez
8 de mayo, 2010


María de los Angeles Trujillo de Domínguez autora de “Trujillo mi Padre,…en mis memorias”  comenta en él, la paulatina apertura y reenfoque de los medios al referir, los eventos  de la Era de Trujillo. Dice Angelita: “Hay que poner en la balanza toda acción y hasta la intención si fuere posible de los hechos auténticos y serios y dejar que sea el fiel de la balanza, con los ojos vendados, como la dama de la jurisprudencia, la que en justicia distributiva señale el lugar jerárquico que debe ocupar cada quien dentro de la historia.
 
En ese orden y en honor a la verdad, es justo reconocer, que, finalmente,  parece  mostrarse ya la luz al final del túnel, los albores de un nuevo amanecer. En el lejano horizonte, asoman ya los destellos del sol naciente. Es notorio y esperanzador que, bajo la autoría de plumas veraces, se están editando obras cuya objetividad refleja el debido respeto a la ética de tan ennoblecedora profesión, toda vez que la historia es ciencia y no pasión.    
 
Reconozco el encomiable valor requerido para salir en defensa de la Justicia cuando la injusticia tiene tanto poder. Al escribir soberanamente, los autores se convierten automáticamente, en blancos de los franco-difamadores al acecho, que al momento se rasgan la vestidura y al grito de ¡Anatema! se lanzan prestos, a cazar al desleal. Inquisidores, arremeten contra los infieles que escriben saliéndose del molde requerido. Horma siniestra articulada para mantener vigente la anti historia. Es triste y hasta vergonzoso que todavía hoy tengan vigencia estos auto-nombrados fiscalizadores del pensamiento y expresión del dominicano. Es una manifiesta obsesión patológica que no entiendo porque rechina ya como una carreta desengrasada.
 
Todo esto hace que sean doblemente meritorios estos esfuerzos literarios, serios y laboriosos pues constituyen en sí, la rehabilitación de una historia menguada. Autores que escriben inspirados en la ilustración y orientación. El mar, durante la resaca se retira y cede espacio, pero luego regresa con la marea, a recobrar todo el terreno perdido. Lo mismo pasa con la historia ante la mentira, se retrae por la ausencia de probidad y pureza; pero después, termina la resaca, y regresa a recobrar todo lo que había perdido”     
 
Ese proceso, tan natural como la ley de la gravedad, está en marcha, y como cita Angelita, el flujo de la historia regresa ya como el mar, con su impetuosa marea en busca de sus valores; a rescatar la autenticidad de sus virtudes perdidas que brotaran al renacimiento de la verdad.
 
Bajo esos principios surge, “Trujillo mi Padre,…en mis memorias” obra cultural,  escrita con riguroso apego a la historia. Sin embargo, un sector recalcitrante que estima la libertad de expresión como un privilegio de ellos y no un derecho constitucional de todos y ante el temor generado por las contundentes exposiciones contenidas en esta obra, se sienten agraviados al ver amenazados los laureles y parabienes que tan generosamente produce el “Martirologio”. 
 
Conmovidos, han activado una agresiva campaña con el virtual interés de mantener vigente la anti historia de la que tan espléndidamente se ha nutrido este archí conocido sector.  Torpemente han recurridos a la intimidación y hasta la violencia, con tal de que esta obra no llegue a manos del pueblo dominicano. En vista de tan incivilizada reacción, de irrespeto a la ley y a los más elementales principios de los derechos humanos estimo oportuno insertar aquí dos párrafos como lo establece la Convención Americana sobre este tema.

2. Toda persona tiene el derecho a buscar, recibir y difundir información y opiniones libremente en los términos que estipula el artículo 13 de la convención Americana sobre Derechos Humanos. Todas las personas deben contar con igualdad de oportunidades para recibir, buscar e impartir información por cualquier medio de comunicación sin discriminación por ningún motivo.

9….la intimidación, amenaza a los comunicadores sociales, así como la destrucción de material de los medios de comunicación, viola los derechos fundamentales de las personas y coarta severamente la libertad de expresión. Es deber de los Estados prevenir e investigar estos hechos y sancionar a sus autores y asegurar a las victimas una reparación adecuada.

Continuamos viendo como se han activado los “franco-difamadores al acecho” y puesto en práctica otras maniobras mediáticos utilizando argumentos repetidas veces vistos y oídos. Este es el punto de las “entrevistas”, eje de este comentario.
 
Estas pueden ser sublimes, y muy efectivas, pero en su primera “andanada”, les fue muy mal debido a la pésima escogencia como fue la presentación de la hija de Pilar y Jean Awad. Para la segunda ocasión, es consecuente reconocer, que acertaron con la selección de una dama en todo el sentido de la palabra. Ante la atinada opción “me quito el sombrero” como solía decir mi papa.
 
Era yo estudiante en la escuela Normal de Santiago y por esos años mi mejor amigo era Eduardo Lirio; recuerdo que se enamoró de la que más tarde sería su esposa, Dafne González excelente muchacha proveniente de una intachable familia santiaguera. Fue entonces cuando, por su vínculo familiar con Dafne, escuché por primera vez el nombre de la doctora Asela Morel; Angelita, mi esposa me dice que conoció a la doctora Morel durante el tiempo que ella vivió en la residencia del Lic. Rafael Bonnelly  en ciudad Trujillo. Por ese tiempo, Angelita fue paciente de la doctora Asela Morel. Puedo y debo confesar  que jamás he oído  palabra alguna que no sea de encomio para la distinguida dama.
 
Desafortunadamente la doctora Asela Morel formó parte de un grupo subversivo que planeaba el asesinato del Jefe de Estado. En cualquier lugar del mundo, desde el Océano Artico hasta el Cabo de Hornos, todos los países tienen leyes radicales promulgadas para inculpar a toda persona que colectiva o individualmente intente o atente contra la vida de su gobernante. Aquí, en los Estados Unidos, el hecho de proferir una amenaza contra el Presidente, aunque sea bromeando, es para pasarlo severamente mal. De manera que al develarse la conspiración, lamentable pero inevitable, todos los implicados tuvieron que ser detenidos y conducidos para el debido interrogatorio y procedimiento judicial.
 
Durante la reciente entrevista reluce el perfil de integridad y honestidad de la distinguida doctora Morel. Sin ambages relata que fue interrogada una sola vez y que “no le pusieron la mano”, y refiere más adelante que cuando ella y otras damas implicadas, fueron perdonadas por el Generalísimo Trujillo, le dedicó  una sonrisa sarcástica al Jefe. Eso de la sonrisa lo creo porque hasta ese lujo se podían dar las mujeres con el Presidente Trujillo. Angelita habla en su libro de las muchas consideraciones de que fue objeto la mujer en el gobierno de su padre. Comenta cuando en 1942 se sumó al reducido grupo de países que reconocían el derecho al voto a la mujer, así como los relevantes cargos que ocuparon las  mujeres durante su Gobierno: la primera Senadora, Gobernadora, Embajadora y así sucesivamente. Es por ello que cuando al Comandante de la Base Aérea de Santiago, General Echavarría le informan de la muerte de las hermanas Mirabal se puso de pie a la vez que exclamaba “¡Eso no fue el Jefe!,… el Jefe no mata mujeres!”.
 
La doctora Asela Morel por cuales fueren las razones que le indujeron a involucrarse en las actividades antes mencionadas, es digna de ser reconocida por sus virtudes y nobleza sin par, pues hizo lo que hizo por ideales auténticos y puros, no en busca de vanaglorias ni tras el lacerante lucro que asedia las arcas del Estado. No se me ocurre ahora de quien más se pudiera decir lo mismo
   
La prensa del 5-4-10 trae la tercera andanada bajo el título de “Sobreviviente del régimen”. En verdad que es admirable observar como esta dama de ochenta y cinco años puede imprimir tan conmovedor dramatismo a su narración. Es conmovedor como esos niños podían distinguir el “chucuchu” de los carritos Volkswagen del servicio de inteligencia y como temblaran por temor de que los fueran a coger preso. Sabían además de “una gota de agua en la cabeza” o que lo podían “matar de un corrientázo en la malvada silla“. Es admirable también como cuenta el sufrimiento que pasó al saber que su sobrino “se había pasado toda la noche corriendo” y temía que “los militares le fueran a arrancar el cuero a latigazos” o bien que hecho preso este joven le fuera a decir a los militares “mátennos a todos”. Todo ello trajo a mi memoria una pregunta que me hiciera Graciela, una señora cubana que conocí incidentalmente hace unos meses: Coronel Domínguez ¿Es cierto que durante esos bautizos que hacia Trujillo en el Palacio los fines de semana, si un niño lloraba, Trujillo los mandaba a matar?

Y me pregunto: ¿Como es posible que se haya podido volcar tanta infamia sobre el albañil que construyera nuestra  Patria Dominicana?

Vayamos ahora a la historia. Relata señora Dede Mirabal que fue bailando el merengue, “Ay…Tana, La Maricutana” que Minerva intercedió con el Jefe para que indultara a Periclito Franco y dice que el Generalísimo le contesto: “Pero ese es el peor comunista que hay en el país”.  Angelita en su libro transcribe de la obra “La Era de Trujillo” del profesor Galindez, en la que define a Periclito como “el máximo dirigente comunista en el país”. De paso recuerdo que por esos años se comentaba que la señorita Mirabal era novia o prometida de este destacado dirigente comunista. Pero lo que no concuerda en esta historia es lo del merengue que la joven Minerva bailaba con el Jefe. Ese merengue no era del estilo del Generalísimo, para confirmarlo  me he permitido entrevistar algunas personas del círculo más íntimo y el resultado es el mismo: la orquesta de Luis Alberti jamás tocó ese tipo de música para el Jefe.
    
En la entrevista la señora Mirabal desmiente la fantasiosa versión de que Minerva la diera una galleta al Jefe, (si se lee en el libro de Angelita, el relato de la entrevista de Pierino Gamba con el Jefe queda bien claro que ese incidente jamás pudo haber ocurrido). Niega también la absurda versión de que la señorita Mirabal se negara a seguir bailando con el Jefe. Aunque si atribuye a esa conversación con Trujillo “la desgracia de la familia que desencadenó la muerte de la –atrevida- Minerva”. Al final comenta que esa fiesta fue en la hacienda Borinquen el día de la raza de 1949. Aquí me surge otra interrogante. ¿Es decir que por esa conversación el Jefe espero once años para matarla? Tampoco armoniza con las aludidas provocaciones de la señorita Mirabal, las loas proferidas en el inspirado discurso que pronunciara años después el 8 de diciembre de 1953, que  transcribo del periódico El Caribe de la fecha:

“Que fatigada y sedienta por una lucha de siglos, esta Patria de nuestros amores había sido víctima de todas las traiciones y había recorrido toda una larga calle de amarguras, con la pesada cruz de muchas ingratitudes a cuestas. La época luctuosa que siguió a su nacimiento rosado de ideales, retrasó su crecimiento, aniquiló su infancia y destrozó su corazón en las guerras fratricidas.  Hoy puede, al fin, levantar la frente con orgullo y proclamar ante el mundo libre, que ha alcanzado la felicidad que tanto anhelara para ella el padre Augusto Juan Pablo Duarte. ¡Contemplad el hermoso panorama del bienestar nacional! Trujillo, cual surtidor inagotable, ha colmado esas ansias de felicidad y, adelantándose a su época como los grandes predestinados, realiza en veinte años el sueño de un siglo.”

A fines del año 1960, ya esposa del señor Manolo Tavares Justo, indultada ella por el Generalísimo, sostiene tres entrevistas con el General Ramfis Trujillo en la casa de Boca Chica gestionando un perdón para su esposo, quien a su vez, había sido también discípulo del ya mencionado Pericles Franco. Poco tiempo después ocurrió el desafortunado y horrendo crimen.

Piénselo usted distinguido lector. ¿En que podía este crimen beneficiar al gobierno? Y a quienes sí que les cayó como anillo al dedo.

Angelita en su libro “Trujillo mi Padre,…en mis memorias” transcribe datos y declaraciones fidedignas que aportan una versión diferente a las sostenidas durante casi cincuenta años.

Si yo fuera un doliente directo de estas infortunadas muchachas, después de leer  la versión documentada y lógica de esos hechos poco me importaría despojarme de lo productivo que haya sido la versión ofrecida hasta ahora, y exigiría una exhaustiva investigación para llegar al meollo  de este lamentable crimen.
 
Para concluir, un conocido comentarista dominicano dice que el año próximo se va a cumplir medio siglo de la muerte del Generalísimo, sin embargo, hoy, más que nunca, sigue vigente la Era de Trujillo. Se va por la tangente y sugiere algunas formulas para determinar la causa del fenómeno Trujillo.

La respuesta es simple: permitir el curso natural de la historia. ¿Por qué en este siglo de las libertades se le niega al pueblo conocer los treinta años más prósperos de su historia? ¿Porque tiene que ofrecerse a los dominicanos una historia deformada? El pueblo se siente víctima de una mala jugada, pues saben los dominicanos que tienen pendiente una deuda de gratitud con quien fuera su más grande hacedor. Su artículo es el más patente ejemplo de una historia distorsionada, irresponsable y caricaturizada. Hace falta seriedad, profesionalismo, y conciencia de una labor tan noble como es el periodismo.
Luís José Domínguez.
 
"No tan deprisa…”

Por: Luís José Domínguez
4 de mayo 2010 | http://www.atanay.com

Miami, Florida. (Atanay.Com).-Mi esposa María de los Ángeles Trujillo de Domínguez en “Trujillo mi Padre,…En mis memorias” escribe: “Reconozco el encomiable valor requerido para salir en defensa de la Justicia cuando la injusticia tiene tanto poder. Al escribir soberanamente, los autores se convierten automáticamente, en blancos de los franco-difamadores al acecho, que al momento se rasgan la vestidura y al grito de ¡Anatema! se lanzan prestos, a cazar al desleal. Inquisidores arremeten contra los infieles que escriben saliéndose del molde requerido. Horma siniestra articulada para mantener vigente la anti historia. Es triste y hasta vergonzoso que todavía hoy tengan vigencia estos auto-nombrados fiscalizadores del pensamiento y expresión del dominicano. Es una manifiesta obsesión patológica que no entiendo porque rechina ya como una carreta desengrasada.

“Todo esto hace que sean doblemente meritorios estos esfuerzos literarios, serios y laboriosos pues constituyen en sí, la rehabilitación de una historia menguada. Autores que escriben inspirados en la ilustración y orientación. El mar, durante la resaca se retira y cede espacio, pero luego regresa con la marea, a recobrar todo el terreno perdido. Lo mismo pasa con la historia ante la mentira, se retrae por la ausencia de probidad y pureza; pero después, termina la resaca, y regresa a recobrar todo lo que había perdido.”

Ese proceso, tan natural como la ley de la gravedad, está en marcha, y como cita Angelita, el flujo de la historia regresa ya como el mar, con su impetuosa marea en busca de sus valores; a rescatar la autenticidad de sus virtudes perdidas que brotaran al renacimiento de la verdad.

Cuando Angelita escribió esa obra a la que algunos, infundadamente, le temen, lo hizo con el propósito de que fuera lo que es, un libro cultural académico, respetuoso y fiel a la historia.

Pero ese, un sector recalcitrante considerando la libertad de expresión como un privilegio de ellos y no un derecho constitucional de todos, ha pegado el grito al cielo. Turbados han recurrido a la ilegalidad, a la intimidación y hasta la violencia, para que el libro no llegue a manos del pueblo. En vista de la arrogante y delictiva reacción de este grupo, estimo oportuno insertar aquí un párrafo concerniente a la Libertad de Expresión como lo establece la Convención Americana sobre Derechos Humanos:

“9….la intimidación, amenaza a los comunicadores sociales, así como la destrucción de material de los medios de comunicación, viola los derechos fundamentales de las personas y coarta severamente la libertad de expresión. Es deber de los Estados prevenir e investigar estos hechos y sancionar a sus autores y asegurar a las victimas una reparación adecuada.”

Esta tercera descarga nos llega de los “franco-difamadores al acecho”; está firmada por el señor Aquiles Julián a quien no tengo el gusto de conocer. Dice un escritor francés, cuyo nombre no recuerdo ahora, que responder a una diatriba con otra lo que hace es duplicarla. De manera que sin iracundia y con el debido respeto que me merece todo ser humano, le voy a explicar al distinguido señor algunas cosas que parece desconocer.

Por su forma de expresarse, la primera impresión que me da este señor, es que no fue educado durante la Era de Trujillo ya que las escuelas de entonces enseñaban rigurosamente “Urbanidad” y “Moral y Cívica” de Carreño.

La segunda opinión es que no es dominicano, debido a su desconocimiento de las viejas costumbres de nuestro país, como son los tradicionales concursos que terminan con la coronación de una Reina.

Como describe Angelita en su libro, su reinado tuvo una connotación especial en vista de que se llevó a cabo para conmemorar los 25 años de la Era de Trujillo, la era más fecunda que jamás haya tenido el país. Mire señor Julián, fue en ese cuarto de siglo que se edificó y conformó la República Dominicana, sacándola de la realidad de Concho Primo y transformándola en una nación apta para el siglo XXI.

Se logró la soberanía nacional con la recuperación de las aduanas, se logró la independencia financiera con el pago de la deuda externa, se creó la moneda nacional, así como el sistema bancario y financiero del país.

Se institucionalizó la administración pública, y logró el país tener una frontera demarcada reconocida y respetada. Se construyó toda la infraestructura del país: los muelles, las carreteras, puentes; la electrificación nacional, el servicio de alcantarillado y de agua. ¿Qué más le puedo decir?

Se edificaron el Palacio Nacional, el de Bellas Artes y se inundó el país de verdaderos palacios escolares entre ellos la ciudad universitaria. ¿Y qué decir de los servicios sociales, los hospitales? Y le tengo una sorpresa señor Julián: todo se hizo sin tomar dinero prestado y sin recibir dadivas de ninguna otra nación. El tesoro nacional nunca ha estado mejor administrado; su presupuesto siempre se mantuvo balanceado.

Si leyera usted el libro de Angelita se diera cuenta del desarrollo y del prestigio que alcanzó a tener el país por esos años manifiesto en los viajes del Generalísimo Trujillo al exterior. En su visita a España, por ejemplo, hasta las escuelas de Madrid fueron cerradas para recibir al Jefe de Estado dominicano.

En cuanto a su preocupación por el costo de la celebración, del 25 aniversario de la Era de Trujillo, no pierda usted el sueño, pues en la Era de Trujillo no se desvestía un santo para vestir a otro, ni se descuidaban los servicios sociales, se cumplían las prioridades y el peso dominicano siguió a la par con el dólar americano.

Es meritorio su decidido rechazo a las calumnias y difamaciones, por lo que me extraña no haber escuchado jamás su voz durante los casi cincuenta años en que solo se escuchaban, infamias y diatribas contra la familia Trujillo, con cuyo progenitor, repito, tiene el pueblo dominicano su mayor deuda de gratitud por haber sido el incuestionable arquitecto de la nación. Ojala y leyera usted el libro de Angelita para que conociera la inmensa obra realizada por este genio que nos deparó la Divina Providencia.

En un párrafo se refiere usted al Generalísimo como un “delincuente” por la fortuna que creo. Al morir el Jefe, legó toda su fortuna al pueblo dominicano. ¿Pudiera decirme señor Julián con qué calificativos llama usted a los que se la robaron?

Por último, es interesante la sugerencia suya de ventilar en las cortes las “calumnias” del libro. Pero tenga cuidado, le puedo asegurar que si usted, por un solo momento, contemplara los archivos privados de Angelita, le bastaría para darse cuenta que de ese foro público, sus amigos saldrían muy mal parados. Recuerde que, hasta el momento mismo del crimen, la mayoría de ellos, muy bien remunerados por cierto, se habían pasado la vida dedicados a servir como auténticos colaboradores y sostenedores de la Era de Trujillo.

Yo le sugiero que se lea el libro “Trujillo,… mi Padre en mis Memorias” para que cuando le vuelvan a requerir que escriba, lo haga con propiedad.

Por mi parte, le testimonio que, después de leer, releer y vuelto a leer a “Trujillo mi Padre,..en mis Memorias”, me “quito el sombrero”, y no puedo más que concluir que ser TRUJILLISTA es ser amante de la paz y el progreso; es ser patriota, nacionalista, y llevar en su alma el más profundo respeto y amor por los símbolos patrios.

 

Luís José Domínguez.
 
<< Inicio < Prev 1 2 3 4 5 6 7 8 9 10 Próximo > Fin >>

Página 1 de 11